Una visión particular
Nací casi estrenando la segunda mitad del siglo XX, más concretamente un año y treinta y seis días antes. Hijo de un señor muy serio que murió joven, cuando yo tenía tan solo tres años, y una madre que tuvo una vida “regalada” de joven y muy complicada después, tras enviudar, con la notable carga que suponen ocho hijos pequeños. Pero la historia de mi familia es otra, estamos aquí para hablar de mí, como Umbral.
Soy el menor de esos ocho hermanos, siete varones y una mujer y, por lo tanto, el "mimado", según ellos claro está. Pero la vida de un niño al que le anteceden otros siete, no es en absoluto fácil. De manera que mi infancia transcurrió en "tierra de nadie" ya que, para más "inri", yo soy el que cuenta con más diferencia de edad respecto del hermano, este caso hermana, que le precede. Eso significa que un niño así tiene que buscarse la vida, pues cualquier intento de incorporarse a los juegos de los mayores es inmediatamente abortado con una mirada de desdén que hace innecesario el "quita, enano". Eh, que conste que no les recrimino nada, así es la natural competencia entre los cachorros de cualquier especie. A veces, incluso, era aceptado como compañero de sus juegos, aunque siempre dejando clara su condescendendia, la magnanimidad de tal acto.
Pero esas cosas forjan el carácter, te hacen ser un soñador a causa de una necesaria supervivencia espiritual. Juegas con tus ensoñaciones y te vas creando mundos mágicos a tu alrededor. No se lo cuentas a nadie porque las carcajadas que provocas cuando intentas compartirlo hacen que tu autoestima esté bajo mínimos. Pero esto tiene la ventaja de que dichos sueños son puros, vírgenes, sin ninguna influencia exterior y se alojan en alguna estancia remota de tu alma. Se quedan ahí de por vida y, de pronto, surgen el día que los necesitas. En ese momento una sensación reconfortante te llena de una paz insuperable que es el antídoto perfecto contra el veneno de la tristeza que, a menudo, hace presa en los adultos.
Así, que de modo y manera que mi vida ha ido transcurriendo entre lo mágico y lo prosaico, entre mi imaginación y mis urgencias cotidianas. Tras acabar mis años de colegio me llevé un gran disgusto. Yo creía que planificar el futuro de uno mismo era mucho más sencillo y que una simple decisión del ministro de Educación de turno no era algo que debía preocuparme. Pero vaya si lo hizo. Yo siempre quise ser médico, pero un cambio, sin previo aviso, en el sistema educativo dio al traste con mis legítimas aspiraciones de aliviar el dolor de mis semejantes a través del ejercicio de la medicina. De pronto se instauró el “Selectivo” de ciencias para acceder a la carrera de Medicina, o sea la “Selectividad”, la “EVAU” o como demonios se llame ahora. Yo había cursado el bachillerato de Letras por varias razones; me divertía el latín, a pesar de don David, traduciendo las batallas de César, me gustaba la historia, aunque muy mal enseñada y, sobre todo, me llenaba la literatura de nos enseñaba don José Hesse, que era alimento para mi imaginación. Todo ello me atraía más que las áridas matemáticas o esa abstrusa manía de enseñarte la tabla periódica de elementos, conocimiento que se ha demostrado absolutamente inútil desde hace generaciones excepto para aquellos que se van a dedicar al campo de la Química. Pero ahí sigue.
El caso es que yo me vi en la obligación de cursar una carrera, cualquiera, ya me daba igual, y escogí la Filosofía y Letras. Una notable falta de interés en ella coincidió con el reencuentro con un ex compañero de colegio que, por aquel entonces, había creado una asociación que me cautivó nada más oír su nombre, la “Joven Crítica Cinematográfica”. Ya entonces era muy aficionado al séptimo arte y me atraía sobremanera. Inmediatamente me incorporé a esa asociación que no era, como su nombre puede parecer, una que se dedicara a la crítica de películas, no, el nombre quería significar que los miembros de la misma éramos jóvenes, amábamos el cine y teníamos un espíritu crítico. Eso en tiempos del franquismo era decir mucho. En dicha asociación tuve mi primer contacto con el mundo de la creación. En lugar de estudiar, los días se me pasaban ayudando a preparar publicaciones, a organizar la asistencia a festivales, a leer posibles guiones y, finalmente a rodar cortometrajes. De aquella experiencia nació una productora, Etnos Films, cuyo creador fue ese ex compañero de colegio. Me faltó tiempo para incorporarme al proyecto y bajo ese sello se rodaron películas como “Los Viajes Escolares”, opera prima de Jaime Chávarri o “Vera, un cuento cruel”, también primera obra de Josefina Molina, reconocida realizadora de televisión por aquel entonces. Llegué incluso a dirigir el capítulo piloto de algo que iba a ser una serie de televisión que unía, la ciencia, la historia y el esoterismo. Todo un reto. Se llamó “La Historia y la Vida Extraterrestre”. Con gran disgusto no pudimos continuar con ese proyecto por falta de presupuesto, dado que TVE no quiso comprar la serie, aún cuando ya teníamos el compromiso de venta con la televisión pública alemana y con una cadena japonesa. Pero la dirección del ente español consideró que la serie no era adecuada para incluirla en su programación. En una carta, que me consta guardada, el director de la única cadena que había en España entonces, expreso su rechazo por considerarla de “excesivo nivel cultural” para la televisión española (sic). Sin comentarios.
El caso es que ante las dificultades económicas para seguir con ese proyecto o similares, me vi en la necesidad de buscarme un sustento regular, pues ya iba teniendo una edad. Así que en 1975 entre a formar parte de la plantilla de IBM España. No viene al caso como terminé allí, pero lo que yo creía que era un trabajo temporal, que poco tenía que ver conmigo, se convirtió en mi profesión por los siguientes cuarenta años. Durante todos esos años, fui dando como pude respuesta, como pude, a unos impulsos artísticos que cada vez estaban más amortiguados. Aprendí a tocar el piano, solamente dos años de los que no me queda ninguna habilidad, empecé a hacer fotografía con entusiasmo llegando ganar algunos premios. Mi pasión me llevó incluso a tener laboratorio propio en casa, cosa trabajosa y costosa. Ventajas de vivir solo.
En 2013, trabajando en un grupo también relacionado con la tecnología, Cibernos, me jubilé. Me encontré con tiempo, a pesar de que tener aún una hija por criar, Marta, ya que me casé bastante mayor con Yolanda, mi querida e incondicional compañera y esposa. Ese falta de obligaciones laborales, que no familiares, y la casualidad de un pandemia que nos encerró a todos en casa, me dieron la oportunidad de retomar lo que siempre había estado latente en mi interior, crear historias.
Y hasta aquí he llegado, de momento. Espero que estás líneas te hayan dado una idea aproximada de quien soy. Saludos.
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